VERDE ESMERALDA
ANA PÉREZ RAMÍREZ | ANDREA H. MOON

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Joder, menudos mesecitos, a este ritmo no termino el año ni de Blas.

Inés gira el grifo, relaja el cuello y deja que el agua caiga por su nuca. Se mantiene en esa postura y después aclara el resto del cuerpo. Tiene la costumbre de llevarse el altavoz para ambientar ese rato vespertino de relax. Se percata de que está sonando ‘La recuperación’, de Egon Soda. Llega el estribillo y no puede evitar cantar “Como arieteess de una tempeeessstaaaddd y griiitaaaar”. Se coloca la toalla en la cabeza y su imagen hace acto de presencia en el espejo. Mientras sigue tarareando, se observa de un modo que, a pesar de sus 38 años, cree no haber hecho antes. Se mira sabiéndose ella, sin disociación entre sí y su reflejo. Se siente intimidada.

Regresan esos inputs… ¿Qué voy a hacer, por dónde empiezo? Familia: mal, creo que peor que nunca. ¿Salud? Ya puedo ponerme las pilas porque tantas migrañas y tantas infecciones de orina seguidas no es normal. ¿Tendré alguna pochez ahí abajo? A este paso se me va a secar, verás.

Sigue repasando las parcelas vitales. ¿Trabajo? Un despropósito. No sé cuánto voy a aguantar en la agencia, el ambiente y la presión son insoportables. ¿Qué hago ahí si ya no me estimula nada? Además, para lo que cobro… ¿Amigas? Pfff, cada vez es más complicado vernos, y, además, no puedo sacudirme de la cabeza lo de Sara; qué sucia la tía, qué golpe bajo.

Saca del cajón el bote de crema corporal, mientras se dice: ¿Y amor, Inés, qué pasa con el fucking amor? ¿Me apetece encontrar a alguien? Sí. ¿El panorama ayuda? No. Y en el fondo, me da algo de pereza. ¿Cómo puede darme pereza y tener ganas al mismo tiempo?

Atraviesa el salón y se planta frente al armario. Por la esquina asoma un vestido verde. Lo ve y piensa: Echo de menos ese arreglarme, ese empoderamiento —quizá algo torpe, pero efectivo anímicamente— que dan algunas prendas. Lo despercha, lo mira desde arriba superponiéndolo a su cuerpo, desabotona la parte superior y se lo pone.

Algo debe conectarse en su cerebro, porque piensa: ¿Y si me pido un japo para cenar? Una sopita miso y unos makis me sentarán de lujo. Dicho y hecho. En el móvil lee “Su pedido será entregado en 20 minutos”.

Inés decide invertirlos en bailar en el salón. Con y sin ritmo. Le gusta que sea así.

Suena el telefonillo. ¡¿Ya?! «Muchas gracias» «De nada, que aproveche». Dispone todo meticulosamente sobre el mantel individual. Procede a sentarse, y, de repente, como un resorte, se reincorpora y va al baño a por el espejo que utiliza para depilarse las cejas. Lo coloca también en la mesa, frente a sus platos. Se mira y le da la risa de la surreal ocurrencia. Vuelve a mirarse y se le escapa en alto: ¡Menudo planazo! Inés, querida, te he echado de menos, pero hoy tenemos una cita. La primera cita de muchas.