223. VESTIGIO
María Elena Gómez Atienza | Terecuerdoenmislabiosrojos

Llegué a casa y vi la cámara de vídeo sobre la mesa del salón. Mi hijo de diez años, Zoe, la había vuelto a coger para grabar a las gaviotas en la playa. Conecté la cámara al televisor y pulsé play:
Una orilla solitaria, no hay gaviotas, Zoe, deja la cámara sobre la arena, diez minutos enfocando unas algas secas de la playa y treinta segundos de Zoe dando patadas a una piedra. De nuevo, movimiento, la cámara se separa del suelo, se acerca a un altar de orquídeas y flores de lavanda a la orilla del mar. Una alfombra dorada por la que camina una pareja de recién casados y que llega hasta un enorme salón repleto de gente. Invitados, aparentemente refinados, tomando champán y ostras al son de Bach al piano de cola. Enfoca pisadas durante unos minutos al chaqué de un invitado. Un cartel al fondo que dice: «Felizmente casados, Señor y Señora Fernández Gaona-Dumas». Los camareros vestidos de dorado con diferentes máscaras se deslizan entre los invitados con las bandejas repletas de bebidas y aperitivos. A la derecha del salón, una larga mesa de mármol con postres de todo tipo. La cámara enfoca durante quince minutos la fuente de chocolate. Low battery. Zoe destroza varios postres con su mano, se oye masticar. Un barrido donde aparecen un escenario, mesas redondas vestidas de blanco, una barra, una señora mayor hurgándose la nariz y los baños. De pronto, una pared blanca y el sonido de una meada. El reflejo de Zoe en el espejo del lavabo al salir del baño, da marcha atrás al oír risas. Adolescentes que se lavan las manos mientras cuchichean y se ríen. Una de ellas se sienta sobre el lavabo con las piernas abiertas, se acerca y se aleja el zoom durante unos segundos de la entrepierna. Low battery. Son interrumpidas por dos hombres de mediana edad, las chicas salen del baño.
—Llevamos dos años planeando esto — dice el más bajito.
—No sé si podré — contestó el otro.
—Limítate a coger su copa y yo pondré el cianuro. Ahora que están casados, nuestro amigo se quedará con todo el dinero de esa gorda millonaria y los tres seremos ricos.
—¿Por qué no hace él lo del cianuro?
—Ya hizo otro trabajo, conquistarla y casarse con ella. Empieza el baile. Salgamos de aquí.
Una pared blanca durante quince minutos. Low battery. Un barrido de los pies y las cabezas de los invitados, movimientos rápidos, arriba, abajo, izquierda, derecha. De repente, alguien grita: «¡Cuidado chico!». La novia cae sobre la fuente de chocolate, se resbala y se golpea el cuello contra el mármol de los postres. Se oye un fuerte crujido. Low battery, low battery, off.