1351. VHS
ROSALÍA GUERRERO JORDÁN | VANESSA

Durante unos años trabajé en la sección de imagen y sonido del Continente. Aquel rincón lleno de pantallas era el lugar fascinante en el que niños y niñas quedaban absortos mirando las imágenes que reproducían al unísono varias filas de televisores de todos los tamaños y marcas. A menudo sus progenitores los dejaban olvidados mientras llenaban el carro de víveres como si se avecinara una pandemia apocalíptica.
¡Qué felices éramos entonces, sin saber el significado de esa palabra!
Bueno, a lo que iba, que me disperso. Yo atendía las reclamaciones que correspondían a mi sección. Recuerdo ese día como si hubieran declarado un estado de alarma.
Me encontraba yo parloteando con la Pepi sobre la excelencia del trasero respingón de Juan el Canutos, cuando una familia muy endomingada se acercó a mí. El hombre, barrigón cual tonelete, caminaba rápido seguido por su señora esposa que, con su abrigo de piel y su imposible sombra de ojos azul, arrastraba tres o cuatro chiquillos gritones. En cuanto llegaron se sentaron en el suelo a mirar las imágenes de una película de acción multiplicada por treinta televisores.
—¡Eh, niña! —me abordó el hombre cuando llegó su barriga, unos segundos antes que el resto de su cuerpo —. Este aparato que me vendiste el otro día no funciona, a ver qué cojones le pasa — me gritó, dejando un reproductor VHS último modelo en el mostrador.
—No se preocupe, caballero —le contesté, amabilísima—, enseguida lo averiguamos.
Y diciendo esto, desconecté el video que reproducía la película infantil para enchufarlo. Ante el fundido a negro de todos los televisores los niñas y niños comenzaron a gritar cual almas poseídas por Satán. Pero en cuando comenzó a reproducirse en esas mismas pantallas el contenido de la cinta de video… Aquello se convirtió en un aquelarre infernal.
Ante nuestros ojos aparecieron, multiplicados por treinta, la barriga desnuda del cliente golpeando contra las nalgas temblorosas de su señora esposa. Ojalá el suelo se hubiera abierto bajo mis pies. Habría sufrido menos
—¡Niña, quita eso! —gritaba el hombre.
—¡Que no va! —chillaba yo, dándole al mando.
—¡Guarra! —me gritó la mujer antes de desmayarse.
—¡Oiga, pero si es suyo!
No podía pararlo. Tampoco sacar la cinta. ¡Ni siquiera podía arrancar el puto cable! Fueron unos segundos eternos. Por suerte, alguien apagó el interruptor eléctrico general, dejando el súper a oscuras. Le estaré externamente agradecida.
Cuando vino el director de la sucursal me fulminó con la mirada antes de calmar a los sufridos clientes. En cuanto pude, me escabullí.
Era viernes, y Vanessa vino a recogerme para irnos de fiesta. Cualquier otro día hubiera salido como un pincel. Sin embargo, ese día mi aspecto era terrorífico: despeinada, con la camisa del uniforme por fuera y chorretones de rímel por la cara.
—¿Tía, como vienes así? —me preguntó, asustada —.¿Qué ha pasado?
—Anda, arranca y vámonos que quiero perderlos de vista —y le indiqué con la mirada la familia ejemplar—. No te lo vas a creer.