VHS
Pedro Angel Serrano Molina | P.HIGHLANDER

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Dimos un brinco y corrimos hacia la puerta de la casa. Mi madre agitaba una película sobre el carricoche.

—¿«Tobi, el niño con alas»? —Hasta el gesto del Naranjito de mi camiseta debió arrugarse.

Mi madre no discutió y puso en pie a mi hermano que caminó borrachín con los brazos elevados hacia nosotros como si fuera un zombi risueño. Salimos corriendo por el pasillo hacia el salón:

—¡Que viene Gordi! —grité.

—Gordi dispara caca —dijo mi primo.

Mi madre metió a mi hermano en el parque y encendió la televisión.

—Escuchadme los dos —dijo mi madre—. Al abuelo lo llamaban Gordi. A mí, la Gordi —se paró antes de sentenciar—: Como vuelva a escuchar la palabra GORDI en esta casa os quedáis sin películas.

Se fue a fregar el pasillo y advirtió de no pisar hasta que colocara sobre él las hojas de periódico.

Cuando terminó La Bola de Cristal sujetamos la cinta fuera de la caja de Tobi y reivindicamos con lamentos de puro dramatismo infantil su cambio por otra.

Mi madre entró al salón con el delantal y la frente sudada. Sostenía una cuartilla que observamos desde el suelo con la boca abierta ante la convicción de ir por primera vez y solos al Videoclub.

—Decidle a Manolo que os he dado permiso—adelantó la cuartilla.

A nuestra edad, cruzar tres calles era como salir del sistema solar. Dábamos saltitos sobre la acera con un billete de quinientas en el bolsillo. Mi primo recordó a mi hermano esa misma mañana sembrando con bolitas marrones el pasillo:

—¡Gordi, el agricultor! —dijo riendo—. Abalancé la mano para tapar su boca.

—Nada de Gordi, primo.

Dos ventanales en ambas fachadas flanqueaban la entrada. El interior quedaba oculto tras láminas que revestían los cristales. Ciudades en llamas, rostros gigantes en apuros o risueños o besándose —¡Aaaj!—. Palabras derretidas sobre tejados de casas abandonadas o criaturas que emergían de un pantano.

—Vamos allá —dije con la cuartilla en la mano.

Manolo ojeaba una revista tras una mesita.

—Soy el hijo de la Charo —Manolo se asomó sobre las hojas—. Nos ha dicho que podemos coger dos películas.

Manolo asintió y regresó a la revista.

Todas las paredes se recubrían de cajas ilustradas de cara. Apiladas muy juntas en baldas desde el zócalo hasta donde alcanzaba una mano adulta. Había silencio pero no estábamos solos. Un señor con bigote parecía congelado con una caja en sus manos bajo el escrutinio de una mirada severa. Nos aproximamos a las lejas con el paso ralentizado.

¿Un extraterrestre con el dedo ardiendo? — Musité a mi primo que tapó su nariz—. ¿Una niña dentro de una tele? —Balanceó su cabeza—. ¿Un fantasma saliendo de una señal de tráfico? —No sé, dijo desilusionado.

Hasta que las vimos. Ahí estaban las dos, juntas. Manolo nos devolvió un billete de cien.

—Hasta las puede ver Gor…

Mi madre me agarró las películas fulminándome con la mirada.

—«Goonies» y «Cuenta conmigo». Tienen buena pinta.