1508. VIAJERO (2003 D.C.)
Rubén Rodríguez Poncetta | Roderic

Mientras el tren avanzaba hice la cuenta. Hacía veinticinco años, ocho meses y veinte días que me había ido buscando… uf, tantas cosas. Nueve mil trescientas noventa y seis jornadas desde que decidí cruzar el océano y alejarme de todo. Doscientas veinticinco mil quinientas cuatro horas en las que dejé que la fortuna se escurriera entre mis dedos y se pusiera en mi contra un millón de veces. Una eternidad de momentos en los que doblé la esquina equivocada, dije la palabra que no correspondía, decidí lo contrario de lo que hubiera servido para cambiar la suerte a mi favor. Y tuvieron que pasar aquellos veinticinco años y estos meses para convencerme de que era inútil luchar contra un destino tan claro en su negrura y decir ¡Basta, no quiero más! Con dolor vendí mis li-bros, liquidé mis cosas, dejé el piso, y con ese dinero compré el billete de avión preparando el ánimo para encontrarme otra vez con la gente que me quería y me va-loraba. No avisé. Preferí la sorpresa de aparecer a la hora del mate y darles ese abrazo que tantas veces había postergado.
El silbato me anunció que estábamos por llegar. Puse la maleta sobre el asiento y esperé hasta que el tren dejó de avanzar y se vació de gente. Desde el interior del vagón les vi saludarse y después desaparecer. Bajé al andén, salí de la estación, miré la avenida desierta, el hotel donde antes paraban los viajantes, el asfalto, los bancos, la piedra…… estaba todo igual. Me invadió una emoción rara, fuerte, una mezcla de miedo y melancolía que me inmovilizó y respiré otra vez el aire de mi pueblo tratando de encontrar algún olor que despertara ecos en mi memoria. De pronto, desde el oeste, del lado del Molino, apareció una bicicleta. No podía creerlo. Era Sergio, el del kiosco, que igual que hacía veinticinco años venía por los periódicos de la mañana. Lo esperé, quise darle el primer abrazo. Cuando pude distinguir sus canas me dolió tanta ausencia y sentí que se me empañaban los ojos, pero le sonreí. Entonces, bajándose de la bicicleta y tam-bién con una sonrisa, me dijo con naturalidad:
– ¿Qué haces colega? ¿te vas de viaje?