980. VÍCTIMAS DE LA NOCHE
Nuria Chicote Mendarozqueta | Ilustradoc

La mujer contempló el cadáver con aire de fastidio, al tiempo que intentaba hacer desaparecer la sangre. Por la forma en que el cuerpo había quedado aplastado contra la pared, quedaba claro que el asesino había gozado matando. Un forense habría podido añadir que toda aquella sangre no pertenecía a una única víctima, pese a la existencia de un solo cuerpo. Sin embargo, ella era mujer de la limpieza, no criminóloga. Así que echó un poco más de lejía en el trapo y consiguió por fin retirar los restos del mosquito, eliminando todo rastro del asesinato. Después, con un suspiro, guardó el arma del crimen en el zapatero.