100. VIDA DESECHABLE
SABINA ANDREU SATUÉ | pesqueta

Llevaba tantísimo tiempo encajonada entre estas cuatro paredes repletas de humedad que, cuando el techo se ha abierto, me he visto aturdida por una potente luz. Creo que este fenómeno es a lo que los humanos denominan nacer. Esos seres acostumbran a tener camadas de uno o dos hijos, pero nosotras venimos en paquetes de cien. Mis hermanas y yo estamos apelotonadas, hacinadas, sin conocer el término espacio personal. Me considero una afortunada, ya que me encuentro arriba del habitáculo, y solo estoy pegada a otra como yo. Aunque esto también es un inconveniente, ya que únicamente puedo mantener conversación con mi hermana de abajo, y al estar aplastándola, nunca me dirige la palabra.
Atentos, se acercan pasos. Llevo tiempo soñando con abandonar este lugar, y creo que ha llegado mi hora. ¡Voy a ser la primera hermana que visite mundo! En efecto, una gran masa de piel con cinco protuberancias alargadas (creo que los humanos la llaman mano) se acerca y me agarra con fuerza, separándome del resto de la familia. La dueña de la mano me restriega contra su piel y al momento me hallo tragando restos de base de maquillaje, pintalabios, células muertas y una sustancia verdosa que sobresale de su “nariz”. La verdad que no había imaginado así la libertad.
Tan pronto como ese ser termina de torturarme, me lanza hacia el suelo y entro en un nuevo recipiente. ¡Pero si no me ha dado tiempo de gozar del aire fresco! Esta mudanza repentina no me está dando muy buena espina. Menos aún cuando mis nuevos vecinos son un hueso de manzana habitado por un gusano antipático y una lata de sardinas caducada. Cómo iba a imaginar que echaría de menos a mis hermanas… La vida puede ser muy difícil cuando eres una toallita desmaquillante desechable.