39. VIDA ETERNA
María Cristina Asenjo Fernábdez | Cris

VIDA ETERNA
– ¡Tienes que venir rápidamente a mi casa! Ha ocurrido algo sorprendente. ¡Ven volando!
Mi amigo parece, por teléfono, muy nervioso y muy serio; sus palabras, muy claras. Cuelga sin tiempo a mi respuesta.
Las tres estaciones de metro, desde 4 Caminos hasta Tetuán, no me las quita nadie. Tengo por costumbre ralentizar mis movimientos, respirar hondo cuando más urgencia hay para mantenerme calmado, pues soy muy nervioso. “¿Qué pasa? ¿Has visto un fantasma? -le escribo a mi amigo a través del móvil”. «Peor» -leo al cabo de unos segundos.
-A ver, chico- le digo nada más me abre la puerta de su casa- ¿A qué tanta prisa?
Mi amigo se ha mudado hace muy poco; vive sólo y también hace muy poco que ha terminado la carrera de Arqueología, aunque trabaja en un McDonald, preparando hamburguesas.
-Siéntate. ¿Recuerdas los papeles de la prestación? ¿Lo de los años trabajados y todo ese lío? Bueno. Pues ha venido uno ofreciéndome “La Vida Eterna”; y a mí me ha dado una pena y un coraje… que lo he echado de mala manera. Parece atractivo así, si no piensas; pero calcula: Toda la vida currando, pagando facturas cada tres meses más caras y sintiendo un dolor tras otro cada vez que muere algún ser querido; porque eso de “La Vida Eterna” es sólo para unos elegidos; ya se sabe: los que reúnan el perfil “económico” adecuado.
Ya estamos en su salón, sentados frente a frente. Yo me quedo mirando a mi amigo Sebas, con mucha preocupación, que no puedo disimular. «¿Qué me miras así, Paco? ¿Es que no me crees?».
-La leche; Sebas. Estás cada día más tonto. “La Vida Eterna” es una Compañía de Seguros. ¡¡¡UNA FUNERARIA!!!
-!!Aaaah¡¡ – dice mi amigo reflexionando- ¿Pero a que tengo razón en que es una faena lo de la vida eterna?
-Sí- le contesto- sobre todo si se es pobre.