782. «VIDA RIÉNDOSE DE LA MUERTE»
Mª ESTHER RUIZ ZUMEL | TEJEDORA DE SUEÑOS

Doña Águeda y don Cecilio un matrimonio anciano. Conocidos entre sus vecinos como los marcapasos.
Este apodo tiene el origen que ambos llevaban implantado este mecanismo para intentar frenar el envejecimiento de sus corazones. Empezando a querer dejar de latir.
-Siempre fueron muy amables con todos los vecinos. Anhelaban ser inmortales
empecinada obstinación por resistirse al inexorable paso del tiempo.
Águeda y Cecilio fueron en sus tiempos mozos era una atractiva pareja de cantantes y bailarines de cierta fama. Actuaban para público selecto, sobretodo extranjero y hasta grabaron un disco. Actuaron en varias películas. Fueron geniales, sin duda, en diversos géneros: canción española, bailes tropicales, flamenco, cabaret de entreguerras, canción melódica francesa. Pero lo bueno como viene se va. Tras veinte años de intensa dedicación artística. Águeda Cecilio empezó a habitar en el olvido de los empresarios de espectáculos. Su apoderado les abandonos eligiendo otra pareja juvenil con rasgos, mediocres.
Los aplausos de público pasó a darles la espalda quejándose que siempre hacían los mismos números. Los empresarios los halagaban con vanas palabras, en el último momento no los contrataban.
Los aplausos de público pasó a darles la espalda quejándose que siempre hacían los mismos números. Los empresarios los halagaban con vanas palabras, en el último momento no los contrataban.
El dinero ganado se fue deprisa. No se quedaron en la calle sino en uno de nuestros pisos. Donde había grandes seguidores de la pareja. Se apiadaron de ellos y les concedieron el alquiler de un piso del edificio.
Situados en una posición algo menos dramática augurar su prematura caída.
Águeda y Cecilio se rehicieron. Se ubicaron en un barrio con clase para dedicarse a dar clases de canto y baile. A familias pudientes que adoraron a la pareja en su tiempo de gloria. Esto le animó a no envejecer.
Él iba siempre impecablemente vestido, con trajes utilizado por los iconos de una remota juventud. Con sombrero y bastón labrado.
Se atrevía con mallas de baile, como si fuera a participar en un decadente Cabaret
Ella exhibía con vestidos vaporosos disimulaba vanamente sus innumerables arrugas con kilos de maquillaje.
Siempre el cabello tintado de rubio platino. Pensó en hacerse la cirugía estética, pero
esa idea la borró la falta de dinero. Con esa apariencia, era extraño entre los restantes
inquilinos -siempre rápidos a poner apodos cinematográficos a sus vecinos.
Águeda se ganó apelativo de Gloria Swanson. Paradigma de la actriz, cantante o
bailarina en decadencia.
Olvidada, obsesionada por aparentar todavía lo que había sido y dejó de ser, creyente a pie juntillas de que el mañana aún es el ayer.
Doña Águeda y don Cecilio. Desdeñosos de Quevedo, discípulos aventajados de Fausto y Dorian Gray. Creían firmemente en la esencia de su arte y en la eterna juventud. Aspirando a la inmortalidad perpetuando su pasado escondido.
Ambos fallecieron. La muerte llega venciendo a esos que viven dentro de una época que jamas volverá sonriendo al humor