Vino y Jazz
Laura Pozo Mora | Danzando entre letras

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Era un día importante. Un día que le iba a cambiar, sin duda, su vida.

Comenzó con su ritual.

Encendió un palo de incienso, se preparó una copita de vino, sumergió el cuerpo bajo el agua y dejó flotar sus pensamientos por unos instantes, creando así burbujas de amor como lo hacía Juan Luis Guerra en sus canciones.

Ella era el único pez en esas aguas. Aleteando su corazón para prepararse para una primera cita. La cita que marcará la cinta de su película.

Cantaba en el silencio convirtiéndose en una gramola de los años 50 y creando su propia canción. Dibujaba al aire melodías que se apoyaban en el pentagrama de sus pestañas. Sonriente y entusiasmada, bebió un sorbo de su copa de vino. Inhalo aire profundamente y exhalando se sintió embriagada por el placer de estar un ratito a solas con ella misma, por el placer de escuchar el silencio y sentirse unida a ese momento.

Tocó su cuerpo y sintió los dedos de las manos arrugados, como aquellas pasas que le daba su abuela hace años. Sonrió de nuevo. Ya era hora de salir de la bañera.

Sin ninguna prisa y disfrutando de los ritmos lentos fue despejando la espuma de sus cabellos para que los pensamientos se deslizaran mejor por sus sueños.

Posó un pie sobre la alfombrilla, luego el otro y comenzó a secarse con mimo y tacto, masajeando cada parte del cuerpo por la que pasaba.

Eligió su vestido favorito y lo dejó colgar sobre su cuerpo. Las mariposas que lo adornaban revoloteaban también por dentro.

Secó su melena al viento, pues se agarraba a cualquier atisbo de aire que le hiciera sentir el frescor en su tez una vez más.

Escogió el pintalabios que le perfilaba la curva más hermosa que salía de su boca y comenzó a darle color a su sonrisa.

Por último las botas. Subió la cremallera fundiéndose en el placer que le producía ese sonido. Le recordaba a la sensación de finalizar algo y por fin mantenerlo seguro y cálido.

Llegó la hora. Sus pasos se aproximaban al lugar donde había quedado.

Rodeada de velas, de música Jazz y de suaves y aromáticos olores, se aproximó a la mesa situada en el salón de su casa. Se sentó en la silla y miró al frente. Miró a la persona más importante con quién podría compartir la noche. Había un espejo. Tenía una cita. Su primera cita, que había comenzado horas antes.

Sonrió, se veía bella.

Era bella.

Disfrutó de cada bocado, en ese silencio vestido de melodía.

Disfrutó de los olores, de la calma y de sus ojos que se clavaban profundamente en su mismo ser. Y ahí comenzó a mirarse por dentro, a abrazar sus miedos, a reírse de ella misma, a sentirse y amarse desde lo más puro y profundo de su alma.

Desde esa primera cita, no ha vuelto a fallar al encuentro consigo misma.

Desde esa primera cita, rebosa de amor todo su alrededor.

Desde esa primera cita…