1283. VÍSPERAS DE MUCHO
Manuel Vázquez Cañal | Manolibus

Las pesadas cortinas dejaban pasar apenas un rayo de sol que, a fuerza de incidir obstinadamente sobre su rostro, terminó por despertarlo. Su cabeza estaba embotada y al principio no era capaz de reconocer la habitación, no obstante, una vez los ojos se fueron acostumbrando a la penumbra y el cerebro a la vigilia, pudo llegar a una conclusión: no tenía la más mínima idea de dónde estaba. Sí que notaba el calor de otros dos cuerpos bajo las sábanas, sus miembros desnudos entremezclados con los suyos. Miró hacia la derecha y reconoció de inmediato a Gloria —no era la primera vez que se encontraban en estas circunstancias—; a continuación se volvió hacia la izquierda y vio a un hombre de mediana edad, cuya cara no estaba seguro de reconocer. Levantó la sábana que cubría su parte inferior y sonrió: «no soy bueno para las caras, pero ESO no se olvida».
De repente, su cerebro alcanzó un punto de actividad suficiente como para que la realidad le llegase como una revelación; en un mismo movimiento saltó de la cama y miró su reloj: las diez y veinticinco, disponía de poco más de media para llegar al centro. Encontró su ropa interior colgada del picaporte y salió al amplio salón en el que se había desarrollado la fiesta antes de que los invitados fueran retirándose a las habitaciones en grupos más o menos numerosos (él mismo había estado al menos en tres). Afortunadamente para él, pudo localizar rápidamente sus pantalones y camisa negros entre docenas de piezas de ropa blanca abandonadas por toda la habitación —ahora recordaba que era una fiesta hawaiana—; en lo que solo pudo interpretar como una señal de la Providencia, comprobó que el teléfono y la cartera seguían en su sitio. Tirado en el sofá había un paquete de Marlboro con un solo cigarro y un elegante Dupont de plata en su interior: encendió el cigarrillo y se guardó el encendedor en el bolsillo trasero: «el Señor nos lo da y el Señor nos lo quita».
Le encantaban estas saturnales en la Sierra, pero odiaba cuando las celebraban en sábado y el domingo por la mañana tenía que trabajar. De momento sentía en el fondo de su cerebro el reconfortante abrazo de la MDMA que había tomado unas horas antes, pero tenía experiencia suficiente como para saber que no iba a durar. Sacó de la cartera una tarjeta y, en posición genuflexa ante la gran mesa de cristal del centro del cuarto, consiguió rebañar de entre los restos de la fiesta una raya considerable de cocaína, la cual esnifó rezando para que sus efectos aguantasen hasta el mediodía. En la mesa encontró también unas gafas de sol Armani que, previniendo la fotofobia, se colgó del cuello de la camisa.
Desde la puerta dio un último repaso con satisfacción: le faltaba la camiseta interior, pero era una mañana templada; en cuanto al alzacuello, siempre llevaba uno de repuesto en la guantera del coche.