Vitriolos de cuero
Joan Zamora Cobos | La Retama

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Despierto más cansado que de costumbre, durmiendo sobre la misma añeja litera en la que nadie me acompaña. Lagañas atemporales acomodan los ojos a mi mundo. Me canso rápido de divagar, porque sé que descansar de la inconsciencia despierta en mí algo que sólo me acompaña en las noches que oblitero. Visto el cuerpo sin percibir claramente mis colores. La misma manía de desconocerse y no querer ser descubierto de siempre. Redactan los dedos con mis palabras todo lo que escuchan desde el fondo de la mente. Por si no se me entiende, que no me entiendo.

Hay espejos en el suelo. Hace “siempres” que duermo en el salón. Mi reflejo mira una urna, revisión insípida de las de antaño.

¿Acaso he dicho litera? Quería decir cama de matrimonio. Suelo acolchar los dedos con las nubes de lo interno, ya que su indefinición trastroca lo que pienso. Caminan los pies sobre mis pies enrevesados, cubriendo cada pisada la piel con albornoces de otredad transparentados. Camino sin cesar, entre alambicados vidrios alveolados, huelgos de generalidades que reflejar. Es particular, que, en general, los particulares no sean cosas, pero que las cosas sean particulares.

Una particularidad: ayer decidí que hoy conseguiría atravesar con un único brazo todas las puertas del alma. Por eso el cuerpo de mujer, desnudo, en medio de la sala espejada que habito. Otra particularidad: el salón no tiene puertas, tampoco esquinas. Esa eléctrica fémina, sin embargo… goza de ambas. Ahora despierta.



-¡¿Quién soy para ser quién?! Qué mareada estoy… No veo nada… sólo a mí, a la mía de entre las mareas de la nada. Sólo abrir los ojos escojo involuntariamente ver mi alma reflejada.



Querida, querida ¿Cómo se encuentran tus vértices? ¿Ves cicatrizar el encontronazo que tuviste con tus adentros? Escribo viviendo y vivo escribiendo, que si estuviera muerto no sería nada sin ti.



-…



.



-Entiendo que, con tu presencia, niegas mi existencia. No calza la esencia mi cuerpo, ya que es cuerpo lo que da trascendencia a las formas. Entonces, ¿Soy la que soy?



Eso no importa, querida. Yo es quien importa. Esto es, revistes de importancia la aquiescencia con mi presencia, que se refleja a través de las cámaras del alma en las que estamos, ahora, introducidos.



-Pero qué manera de hablar más extraña entrañan nuestras algodonadas cloacas. Ya quiero saber, puesto que he entendido bien que no entiendo si soy alma o soy sólo vestido, si sólo con verme me he confundido o si es la vista la que no está conmigo.



Querida, por si no recuerdas que tus recuerdos yacen escondidos en alguno de los reflejos, te diré, sin complicarme, mirándote, lo que aquí sucede: nosotros nacemos cada mañana, idénticos, sin recordar nada del día anterior, porque nuestros días viven en el interior de esta infinitud de espejos. Los reflejos arrastran nuestro ser, nuestro sentido, nos roban el alma. Por esto raro hablamos y por eso la vida sólo adquiere realidad cuando a los ojos nos miramos. Somos lunas; lunas seremos hasta morir.