126. VOCACIÓN
María Elena Gómez Atienza | Terecuerdoenmislabiosrojos

Como siempre, Pepa y Tobías, los empleados, colocaban los cubiertos a la perfección. La presentación de la mesa era fantástica, no faltaba ningún detalle aún sin ser una ocasión o cena especial.
Mis padres y yo, sentados a la mesa, mientras nos servían deliciosos platos, comenzamos a conversar sobre los beneficios de la farmacéutica de mi padre, el Máster que cursaba mi primo en New York, nuestras competiciones de golf e incluso el nuevo Porsche que se había comprado el vecino. Había risas y silencios, pero como siempre, buena educación y saber estar. No veía el momento de romper esa armonía.
Llegaron los postres. La tarta de chocolate estaba deliciosa y teniendo en cuenta los beneficios del chocolate sobre el corazón de mi padre, pensé que sería el mejor momento.
—Eh, padre — dije, tras tomar media copa de vino.
—Dime.
—Dejo Farmacia, quiero hacer Arte Dramático en París.
—¿Otra vez el mismo tema? Hace años que lo dimos por zanjado. No pienso apoyarte en este proyecto, ya que no sabes ni lo que quieres.
—Es mi tema, mi proyecto y soy mayor de edad, padre. Quizá, tengas la culpa de que esté perdido por el popurrí de actividades extraescolares a las que me has sometido durante toda la vida.
—Pues, mientras te encuentras, olvídate de tarjetas de débito y otras ayudas por mi parte — dijo, a la vez que mi madre comenzaba a llorar desconsoladamente.
Hice que esa cena, sin duda, fuera especial.
Subí a mi habitación, y me dispuse a poner en venta por internet numerosos objetos personales, muy valiosos e innecesarios para el viaje. Lo que cogiera de la venta más algo de dinero en metálico que me diera mi madre me serviría para sobrevivir en París hasta que encontrara un trabajo.
A la semana siguiente, volé a París para realizar la prueba de acceso a la Escuela de Arte Dramático Moulin Rouge. La interpretación fue pésima y no me aceptaron, tendría que esperar seis meses a la siguiente prueba. Durante ese mes, encontré piso compartido en el distrito de Pigalle, me contrataron en un bar que atendía a gente de dudosa reputación y también comencé a impartir clases de alemán e inglés a unos niños de familias adineradas. Las extraescolares de idiomas a las que me sometía mi padre, robándome todo mi tiempo para jugar cuando era niño, sirvieron esta vez, para algo.
Pasado un mes, un día, tras volver de dar clase de alemán a un fastidioso niño en su magnífica casa, comerme una porción de tarta de chocolate congelada en aquel deprimente piso y oír al maleducado de mi compañero de piso eructar, decidí volver a Barcelona.
Al día siguiente, llegué a casa y me acerqué a mi padre que estaba leyendo el periódico.
—Hijo, ¿te has dado cuenta de que quieres ser farmacéutico? — dijo, mientras levantaba la mirada.
—Me he dado cuenta de que quiero ser rico, padre.