VOLAR SOLO
Roberto García Diaz | TOBIAS

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Ramón espera nervioso a que suene el timbre. Ha llegado al despacho una hora antes, pero le ha parecido importante ventilar, pasearse sobre el recién acuchillado parqué y llenar la mesa de papeles para que dé la sensación de que tiene varios temas entre manos.

Es la primera consulta que va a atender solo, desde que empezó ejerciendo como abogado bajo el ala de su padre. Ha pasado por casi todos los juzgados de la provincia y alrededores, pero siempre como acompañante, perchero o hijo de. Esta vez no.

Con sus ahorros ha alquilado y amueblado un despacho más grande de lo necesario, pero es consciente de que el primer paso para ser es parecerlo.

Revisa de nuevo la hora y confirma que le quedan treinta y cinco minutos de espera. Enciende el ordenador.

—Tendría que haber preguntado sobre qué es la consulta —susurra con la duda de si será capaz de dar la apariencia de saber de lo que está hablando.

El sonido del teléfono móvil le distrae y lo saca nervioso del bolsillo de la americana.

“Verás qué bien sale todo” dice el mensaje de su madre. “Tu padre está muy orgulloso”.

Lo deja sobre la mesa algo contrariado porque su padre no le habla desde que decidió volar solo.

Ramón se repeina de nuevo con ambas manos y decide que encenderse un cigarro aplacará los nervios que siente.

—Lo dominas. Lo dominas —recita una de las frases de su entrenador de crossfit y, tras la segunda calada, apaga el cigarrillo y decide que hacer unos cuantos burpees puede desestresarle.

A través de la ventana, Carmen, una universitaria que toma su café mañanero asomada al balcón que queda justo enfrente del despacho de Ramón, mira extrañada a un hombre trajeado saltando y echándose al suelo una y otra vez sobre sí mismo. Sonríe de medio lado confirmando que no le gusta la gente trajeada, le resultan raros.

Ramón se pone en pie después de una tanda de veinte burpees. Está sudado y con la camisa por fuera, pero más suelto que hace unos minutos.

El sonido del timbre llega antes siquiera de poder repeinarse de nuevo. Va a la entrada controlando los nervios y cuenta hasta tres antes de abrir la puerta.

—Buenos día, Don Enrique, veo que es un hombre puntual —saluda estrechando la mano de un señor mayor, arrugado y con aspecto algo dejado, que sostiene una bolsa de la farmacia—. Adelante, pase a mi despacho.

—Una cosa, la consulta es gratis, ¿no?

—No, no, las consultas son sesenta euros.

—Ah, pues entonces no.

Ramón todavía sostiene el pomo de la puerta mientras ve alejarse a la primera no consulta del resto de su carrera profesional.