Volver a empezar
BORJA USANDIZAGA SARASOLA | SEÑOR MOON

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«Llego 10 mins tarde, sorry», ese es el whatsapp que recibí cuando ya llevaba veinte minutos sentado en una mesa de la cafetería en la que habíamos quedado. «Tranquila, yo aún estoy llegando» le contesté. Cogí la taza y le fui a dar un sorbo, pero ya estaba vacía. Pedí otra tila. Siempre he odiado la tila, pero, tal y como estaba, tampoco iba a pedirme un café. Supongo que era normal, apenas hacía unas semanas que me había separado de Laura después de veintidós años y estaba a punto de tener, como quién dice, mi primera cita. La cabeza me iba a mil por hora. Sabía que lo mejor era dejar de pensar, pero era incapaz. No sabía qué significaría este día para ella, pero para mí esto no era una cita más, era La Cita, y eso que ya no me acordaba ni de cómo eran. Tengo 49 tacos y no demasiados planes, la verdad. Ella tiene 16 años y seguro que la agenda a rebosar. Supongo que ni pasará por casa en todo el fin de semana. Para mucha gente parecerá absurdo, pero había algo que me rondaba la cabeza los últimos días y me aterrorizaba: ¿Tendríamos temas de conversación para toda la tarde? Sé que treinta y tres años de diferencia son muchos años y nuestros gustos no tienen nada que ver, por eso me había preparado temas. Había estado leyendo sobre volleyball femenino porque ella jugaba en un equipo, me había abierto una cuenta de Instagram para saber de qué iba eso e incluso había escuchado algunas canciones de Bad Gyal, pero no había conseguido escuchar un disco entero para ser sincero. Otra cosa que había pensado, es que quizá pusiera alguna excusa para escabullirse en mitad de la cita. Es una posibilidad que estaba ahí y prefería tenerla prevista. Ojalá no lo hiciera. Estoy preparado para que no sea la mejor cita, sé que irán mejorando con el tiempo, que me acostumbraré a esto, pero si se va, me haría polvo. Pero bueno, no sólo había pensado de forma negativa. Si todo iba bien había pensado que quizá luego quiera subir a ver mi piso. He guardado las cajas que aún no me ha dado tiempo a deshacer, he tirado la caja de pizza de ayer y hasta he puesto encima de la tele una foto suya que imprimí ayer. Espero no haberme pasado, pero la verdad es que cada vez que la veo, se me escapa una sonrisa. Cuando apareció por la ventana el estómago me dio un vuelco y el corazón casi se me sale del pecho. Entró y no sabía ni qué decirle. Tonto de mí, había pensado en un montón de cosas, pero no en qué le diría al verla y no soy precisamente la persona más ingeniosa. Me quedé completamente en blanco mirándola como un bobo, hasta que finalmente fue ella quien habló: «Hola Papá, te he echado de menos».