1379. VOTACIÓN
Alberto Mortera Fernández | Aldebarán

El encargado del restaurante señaló con la mirada la puerta de un reservado. Allí el abogado consistorial se encontró al alcalde; a Joan Calabuig, propietario de la empresa encargada de la limpieza de la ciudad; y a Isabel Centelles, jefa de prensa del Ayuntamiento, circunspecta, un tanto incómoda. Sobre la mesa tres botellas de cava y una de ginebra vacías testimoniaban un almuerzo burbujeante.
-Tome asiento, letrado- le recibió el alcalde, trastabillando al vocalizar -Llega usted justo a tiempo. El bueno de Joan estaba comentándome las gestiones que deberíamos efectuar para obtener la escoba de diamante.
-Disculpe -titubeó el abogado -Tan preciado honor…
-Se trata de que nos reconozcan como la ciudad más limpia de Europa. Está convencido de que con alguna pequeña gestión y un mediano desembolso tenemos la distinción en el bolsillo, ¿verdad Joan?
-Certo. -Apostilló el aludido a la italiana. -Un 30 por ciento de incremento en el contrato nos permitirá renovar la maquinaria. Ecología, menos ruido, ya sabéis. Después una campaña bien orientada… y a recoger el galardón en Bruselas.
-Estamos con la concesión prorrogada -terció el abogado- tal vez alguien pudiera cuestionar la legalidad del asunto.
-No sea aguafiestas, letrado -interrumpió el alcalde- mi nueva condición de senador ayudará, y el retorno para la ciudad… inmenso, incalculable.
El abogado percibió la mirada asesina de Calabuig.
-Centelles, sin ir más lejos, acaba de bendecir la propuesta- añadió.
-Bueno, me he limitado a valorar la parte comunicativa del asunto. El resto no es de mi incumbencia- matizó Isabel.
-Pues eso. No pongamos obstáculos cuando la vida nos sonríe y eso -continuó mirando al portátil abierto a un lado de la mesa- a pesar de que tengo que ocuparme ahora de la votación del Senado. Hay un tema crucial. ¿Saben ustedes que pretenden retirarnos a los senadores la condición de aforados? Menudo disparate. Un padre de la patria juzgado al mismo nivel que un ladrón de gallinas.
-¿No hubiera convenido que acudiera en persona?- inquirió el abogado.
-!Negativo! Me aburre desplazarme a Madrid.
-¿No le han pedido un justificante médico?
-Lo tengo: síndrome de colon irritable; acidez, retortijones; incapacitante, vamos -aseveró con guasa el regidor.
Calabuig coreó la gracia. -Eres un monstruo, alcalde. Habría que clonarte.
-Van a votar- alertó Isabel.
– Acércame ese chisme con cuidado -pidió el regidor- No me vaya a electrocutar.
«Comienza la votación», se escuchó por el altavoz.
El alcalde entrecerró los ojos, movió el ratón con pulso tembloroso y pulsó la tecla. Entonces exclamó: -¿Qué pone aquí?
-Has pulsado el sí- aclaró la jefa de prensa.
-Claro, que decaiga la propuesta.
– No, alcalde, has votado que os supriman el aforamiento. Y ha ganado. Por un voto al parecer.
Los aplausos llegaban con nitidez al comedor.
– Pero…-tartamudeaba el alcalde- eso no puede ser. Es un fraude. Llamemos al Senado, que se repita la votación.
Calabuig torció el gesto, contrariado. -Bueno, en realidad la escoba esta de Bruselas tampoco es tan importante.
-Oye, ¿y lo que hemos adelantado? -reclamó alterado el regidor.
-Hombre, patrón… eso puesto está. Todos tenemos compromisos.
– Pero entonces… este despropósito… ¿qué significa?
-Pues significa que la has pifiado- sentenció Isabel, no sin escarnio.