1482. VOTO DE SILENCIO
Ramón Rodríguez Alcalde | Ray Mumbai

Había palabras que no podía expresar con sus manos y en su pecho yacían. Con el canto del gallo se despertaba, porque otra cosa no, pero oír era su fuerte. Su casa se inundaba de olor a café recién echo, cafetera humeante de veinticinco años de uso sobre la hornilla y con Pimpinela sonando en una radio no más nueva que la cafetera. ¿Quién es? Soy yo ¿Qué vienes a buscar? A ti. Gesticulaban sus labios sin pronunciar palabra.
¿Desayunar? Para qué, Juana con su café negro con cuatro cucharadas de azúcar tenía energía suficiente como para barrer todo el pueblo, y es lo que hacía.
Agarró su escoba y salió por la puerta. Guardó las llaves en el bolsillo de su delantal de cuadros. Mano en la frente, en el pecho, hombro izquierdo, derecho y a los labios. No salía a la calle sin santiguarse, por lo que pudiera pasar. Se dirigía como cada mañana a su punto de partida, cerca del bar de Manolo.
–Pobretica, cuando murió su Antonio murió también su cabeza. –dijo una vecina a otra tras el paso de ella pensando que no la iba a escuchar, pero no se puede subestimar el oído de Juana.
Se giró y con las mismas se levantó el vestido y el delantal enseñando su entrepierna, vestida de unas bragas de encaje negras, como toda su ropa. Las vecinas entraron a sus casas despavoridas, todos en el pueblo sabían del fuerte carácter de Juana, y si le añadimos que llevaba una escoba en la mano, mejor resguardarse. Si supieran que yo maté a mi marido entenderían mi penitencia, pensó.
Empezó a barrer, con fuerza, con reciedumbre, con rabia, porque no le gustaba que la juzgaran sin antes nadie haberse puesto sus zapatos. La viudamuda, la llamaban. Pero eso no le impedía seguir buscando, no cesaría de barrer hasta encontrarla.
El día de su muerte, la del marido, cuando estiró la pata; discutieron porque ella había perdido su alianza, estaba segura que había sido en el pueblo porque nunca salía de allí, lo más lejos que había ido en años fue a dos kilómetros carretera abajo y porque pasaba la vuelta ciclista. Su marido, en cambio, no la creyó y salió de casa con un enfado desmesurado e inexplicable, haciendo aspavientos como aprendiz de sevillanas. Infortunadamente, un tráiler se lo llevó por delante aquel 13 de junio de hacía dos años. La culpabilidad desde entonces la atormentaba e hizo voto de silencio hasta que localizase el anillo. Por suerte, nadie lo sabía, viudamuda era mejor que la Gollum.
Cuando no quedaba mota de polvo en las aceras ni rastro del anillo fue al cementerio. Una mujer, unos años menos que ella estaba llorando desconsolada allí mismo.
–Justo el día que nos íbamos a fugar juntos. –dijo entre sollozos acariciando el nombre de Antonio en letras doradas.
Ahí estaba su alianza, en la venosa mano de aquella desconocida.
–¡¡HIJO DE LA GRAN PUTA!! –grito Juana; hasta la oyeron en el pueblo de al lado.