597. WALT DISNEY
Andres Serrano | Náufragoenlaluna

Una vez conocí a un electricista que trabajaba de cocinero en un bar español en Inglaterra, se llamaba Nero. Siempre tenía la razón en cualquier tema y era capaz de desarrollar cualquier teoría sin sentido hasta dormirte las orejas.
Recuerdo el día que reinventó la tortilla de patatas. Echó en una sartén dos docenas de huevos y un kilo de patatas. Cada vez que intentaba darle la vuelta y la tortilla se le rompía, le echaba cuatro huevos más a modo de parche. Otra vuelta, cuatro huevos más, a la tercera vuelta empezó a decir que esos huevos no valían para tortilla, que no cuajaban bien, que seguramente eran para hacer huevos duros. Yo hasta ese momento desconocía que existían clasificaciones para los huevos según su uso: Huevos duros, especial tortillas, estrellados, escalfado, pasados por agua, o cosas por el estilo. Pero por lo visto era así.
Cuando acabó la tortilla, el color era de un amarillo tan intenso, que si la mirabas directamente se te saltaban las lágrimas, era el mismísimo ojo de Sauron. Cuando te acercabas a ella, se te tensaba la piel cual pellejo de tambor. La porción más pequeña podría pesar dos kilos, de los cuales, el 98% era de puro huevo, pero no de un huevo cualquiera, sino de “huevo para huevo duro”.
Una vez, un vecino del pueblo le trajo unos huevos de Oca, y dijo que esos huevos estaban bien, pero que tampoco valían para hacer una tortilla, que eran demasiado grandes. No tengo ni idea a que se refería, quizás estos eran ideales para plancha o bizcocho.
Le gustaba “dorar” la comida. Él lo llamaba darle un toque tostado, yo lo hubiese llamado, un toque calcinado o al punto de acrilamida.
A las pocas semanas de estar trabajando allí, me dijo que los lomos de los cerdos tenían que tener otra forma, una un poco más redonda y pequeña, porque, al hacer flamenquines, siempre le sobraba un trozo y no sabía qué hacer con él.
Cuando alguien te dice algo así y no está de broma, piensas que estás en el infierno pagando por los pecados de otra vida.
Hacía las albóndigas más redondas del planeta. No es broma, este chaval podría estar más de quince minutos dándole forma a una sola albóndiga. Daba un poco de miedo verlo manosear tanto un trozo de carne que otra persona se iba a comer.
Los calamares rebozados eran su especialidad, según él, pero había que sacarlos en dos platos distintos, por un lado los calamares, y en otro plato el rebozado.
Una vez le dije que no se debía descongelar y congelar el mismo producto varias veces porque rompía la cadena del frio, que era peligroso. Me respondió que qué era eso de la “cadena de frío” que si era un chiste.
Menos mal que no llevaba el mantenimiento de la criogenización de Walt Disney.