1344. X2
marina rodriguez colás | MARNIE CODY

El detonante fue que descubrió que escuchaba sus audios a una velocidad x2. Le pareció insano, egoísta y me dijo que si no tenía paciencia para él, tampoco la tendría para tener hijos. Yo pensaba que con 41 años se daba por hecho que mi útero no era productivo, pero me contestó que según Google tenía un 1% de posibilidades de embarazo en cada ciclo y que él aún atesoraba la esperanza de formar una familia conmigo. Además, se suponía que me gustaban los niños ¿Si no por qué cuidaba de todos los hijos de mis amigos?

La realidad es que no conseguía suficientes trabajos como diseñadora freelance y les cobraba por hacer de canguro. De hecho, cuando volvían de sus cenas románticas, les pedía que me describieran detalladamente los menús degustación consumidos para alargar mi estancia y cobrar una hora extra, a la que además añadía recargo por nocturnidad.

En lugar de llorar por la ruptura le robé la tarjeta de fidelidad de la panadería – sabía que solo le faltaba 1 sello de los 10 para conseguir un café gratis – y me dediqué a maquillarme durante una hora y media (base, ampollas efecto flash lifting, pintalabios rojo pecaminoso, sombras, pestañas postizas) y conectarme a un chat donde se admitieran desnudos en vídeo. El primero que se conectó me pidió que me levantara la camiseta y con ella me tapara la cara mientras se masturbaba. Le hice caso y cuando terminó me aconsejó un lugar de depilación láser y cortó la conexión.

Como no sentí que el día fuera a mejorar, me acerqué al Museo Del Prado y me sumé con disimulo a una visita guiada con un grupo de británicos, mis clases de inglés para parados de los sábados. El recorrido siguió su ritmo habitual: los Pantocrátor con expresión de violadores atacados con gas pimienta, los incestos de la Realeza evidenciados en facciones demoledoras, las reinas del pop llamadas Meninas, los paisajes Goyescos que huelen a tefra, ceniza y col.

Al salir robé algunas monedas de una mesa de una terraza que alguien había dejado como propina, las puse en la mano de un tipo disfrazado de Micky Mouse y le pedí que a cambio me dijera que me quería. El ratón con ojos inexpresivos me dijo que no ofrecía amor a cambio de dinero, que para eso me fuera de putas. Le chillé que se llaman trabajadoras sexuales y le pedí el dinero de vuelta, pero se alejó de mí y se hizo un selfie con una niña de unos cinco años vestida con un disfraz de Frozen.

Antes de volver a casa, envié un audio al que recientemente era mi exnovio hablando lo más lento que pude: » H…..e…….. Pen…….sa………do…. qu……e……..de……berí……a…..moooo……s……………..v……o…..l…….v…….e……..r», con la esperanza de que el mensaje sólo fuera entendible al escucharlo x2 de velocidad.