206. XENIUS
Ladislao Vidal Vañó | Sherlock

Se cuenta que la raza de los genios existió hasta muy recientemente, hasta que fue extinguida por un valenciano afincado en Madrid, llamado Vicente Rorífico. Era este un gran aficionado de los cigarros con complementos de otras plantas. Un día, después de haber cogido su ración de esas otras plantas, se encontró en medio de una calle oscura, como engarzada en la pared, una lámpara que parecía brillar con luz propia. La observó unos segundos, y pensando en lo afortunado de su hallazgo, se la llevó a casa.
No fue hasta que estaba terminándose su segundo cigarro aquella noche, cuando le vino a la cabeza aquella lámpara y la inspeccionó. Parecía una lámpara de genio, pero negra y con grabados enrevesados que la atravesaban de abajo hacia arriba. Sin pensar mucho, la frotó y un genio negro y con cuernos apareció.
– ¿Quién es el insensato que osa invocarme? –dijo con un rugido.
A pesar de lo tétrico, la aparición no había causado el efecto esperado, pues Vicente parecía reírse.
– ¿Eres un genio de esos que dan deseos? –dijo con una sonrisa.
–Así es, mortal, pero has de saber que cada deseo de los tres que pidas tiene consecuencias horribles e im…
La frase se cortó, pues Vicente había echado lo que quedaba de su cigarrillo de la risa contra la cara del genio que se quedó desconcertado.
–Deseo deseos ilimitados –dijo Vicente.
–Eso no se puede –contestó el genio.
–Entonces deseo que se pueda.
El genio emitió un gruñido y cruzó los brazos.
–Eso tampoco se puede.
–Menudo genio, no puedes hacer nada. ¿Dónde se dice que se puede y no?
–Está en las intemporales, escrituras que fueron dadas……
–Deseo ver las escrituras.
–No pueden ser reveladas a mortales.
–O sea, que tampoco se puede, vaya–espetó Vicente–. Pues quiero hablar con tu jefe.
El genio se quedó perplejo, normalmente la gente se aterrorizaba, no jugaba con él.
–Has de saber, mortal, que los genios no tenemos jefes.
–Deseo hablar con tu jefe –interrumpió Vicente–, eso se tiene que poder desear.
Al instante, en una llamarada, apareció otro genio al lado del original.
–Quería interponer una queja sobre su empleado, se niega a concederme deseos.
El viejo genio puso cara de no saber nada y el nuevo le ordenó meterse en la lámpara. Más contento, Vicente formuló de nuevo los deseos anteriores, pero como que las respuestas fueron las mismas, pidió ver al superior del nuevo genio.
Tanta negativa tuvo y tantos escalones subió en la organización , que al cabo de unas horas se le apareció un genio vestido de traje y corbata: era el presidente.
Cuando el genio ejecutivo le dijo que lo que pedía era imposible, Vicente dijo que quien mandaba en la organización eran los accionistas y, dado que él era propietario de la lámpara, era el accionista mayoritario y había decidido, dada la inutilidad que tenía aquella institución, desear cigarrillos de la risa ilimitados y la disolución de los genios.