¿Y de la última?
Marta Mansilla Martín | Chica Cósmica

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Las primeras veces, las primeras citas, pueden ser una sorpresa mayúscula, un aguacero de electricidad, una tierra prometida, una inspiración antes de lanzarse al vacío sin pensarlo dos veces. Ese restaurante de ensueño elegido con inquietud e ilusión; ese atuendo ensayado en tu cabeza y delante del espejo una, dos, qué digo, mil veces; esos temas de conversación que atesoras en tu cabeza, por los que te sientes atrevida y culta, y que intentas introducir con espontaneidad en medio de la conversación, pero no será necesario, claro que no será necesario. No paráis de interrumpiros, de continuar las frases del otro, de decir que a ti también te ha pasado, de creer que estás ante la persona más fascinante del mundo. Todo es nuevo, todo es interesante. Qué suerte que esté ahí, al otro lado de la mesa, compartiendo un plato de pasta, quizás con vuestra música favorita sonando de fondo, las mejillas sonrojadas, los nervios y dudas a flor de piel, con las manos rozando la una con la otra, hasta que, por fin, te decides a entrelazar tus dedos con los suyos. Qué adrenalina hasta que observas la hora en el móvil por primera vez en toda la velada. Te entristeces, a pesar de que estás en una burbuja de energía, de atracción, de ternura, ya que es tiempo de enfrentarse a la realidad. Esbozas una sonrisa triste y él entiende la razón. Se sienta a tu lado mientras pagas la cuenta a medias, a estos niveles de comprensión habéis llegado en apenas unas horas juntos. Sois dos extraños que deciden conocerse, después de miradas furtivas, comentarios ambiguos, mensajes cruzados, todo fruto de la eterna anticipación. ¿Acaso no podemos ser simplemente amigos? El problema es que te das cuenta que se trata de una cita, el problema es que al acompañarte él al tren sientes ganas de gritar, sientes desvanecer la fantasía. No puede ir más lejos, a pesar de la complicidad. Apenas te atreves a soltar aquello de que no es suficiente, de que necesitas más. Quizás algún cliché sentimental, como que ha sido una de las mejores noches de tu vida, que tenéis tanta química, que le necesitas, que es como un jardín lleno de flores que no para de brotar día tras día. Lo sabes, qué cursi sonaría. La otra persona te acaricia la mejilla y entonces te abraza de una forma fuerte, sentida, como si te prometiera no dejarte ir jamás, aunque te descompusieran en moléculas. Las palabras no harán justicia a este momento. Al final del cuento, toca subir al tren y volver a casa lejos de aquel restaurante, de aquel paseo mágico, de aquel chico que es perfecto, pero que ya es perfecto para otra persona. Apoyas la cara contra el cristal mientras te imaginas un primer beso increíble, de película, inolvidable. Acercas tu mano con cuidado a tus labios y lo envías. Y él lo recoge. Todo el mundo habla de la primera cita, pero, ¿y de la última?