1042. Y EN UN FUTURO LEJANO
Alejandro Miguel Toledo Arruego | Entelequios

Mucha gente tiene proyectos vitales que consigue cumplir y por los que se siente realizados. Yo, sin embargo, formo parte de esa minoría silenciosa que va por el mundo persiguiendo los restos de los sueños de los demás.
Eso al menos creía yo hasta que una noche, en un sueño, de los pocos que tenía últimamente, se me reveló cuál tenía que ser mi plan vital: ser el sustituto de Rocco Siffredi.
Vale que tenía ya sesenta y cinco años, que había perdido gran parte de mi cuero cabelludo, que, en forma, lo que se dice en forma, no estaba y, quizás lo fundamental y básico para perseguir mi des-tino, mi miembro viril no estaba dentro de los estándares de cine porno y que, desde hace un par de años, tenía que tener la inestimable ayuda de la pastillita azul para que se izara con el vigor suficiente como para satisfacer a la parte contraria.
Decidí rodarme con una vieja cámara de video que había comprado en una tienda de segunda mano y, sin avisar, invité a una antigua novia con la que creía que había posibilidades de probar posturas sexuales propias de cintas de vídeo pornográficas con las que me había educado desde que era un adolescente.
La noche de autos iba bien, cena romántica, copa, baile sensual y el camino a la cama señalizado con velas y pétalos de rosas.
Sin embargo, la cosa se empezó a torcer cuando las pastillas azules no hicieron su función, no se izó el miembro y la contraria, cansada de esperar el asalto se fue. No fue hasta la mañana siguiente cuando descubrí que las pastillas estaban caducadas.
No hubo manera de volver a hacer probaturas. A los pocos días, miembros de la policía militar vinieron a buscarme a casa. No sé por qué artículo de qué ley, al parecer, tenía que hacer la mili que no hice en su momento. Si no la hacía, no me podría jubilar.
Así que aquí estoy, pelándome de frío en una garita escribiendo un guion para la película porno que pienso rodar en cuanto salga de aquí.