Y quien se lo pide?
Elisa García Matias | Titina

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Todas ellas tenían algo en común. Eran redondas, unas más redondas que otras, pero redondas al fin. La redondez es la culminación del infinito, casi una cinta de Moebius…

Cuando algo sale bien, decimos que sale redondo.



Eso era lo único que, aparentemente, tenían en común. Ni su textura, ni su olor, ni su tacto, ni su origen, ni su propósito de vida, las unían.



Se juntaban a veces para hablar, soñaban con visitar lugares. Cada una, por su morfología, deseaban lugares diferentes. Una quería viajar, la otra un abrazo, la otra que la llenaran y la otra que la vaciaran.…



Rememoraban lugares y también proyectaban nuevos.…



Por esas diferencias, no solían coincidir a qué lugar querrían ir juntas.



Hablaban y hablaban, como suelen hacer ellas cuando se reúnen. Distintas, pero soñadoras todas.



Un día, convinieron ir juntas al mar, a ver la puesta de sol y ver salir la luna llena, que ese día aún casi lo estaba.



Y es ahí donde sucedió.



En un momento, se miraron con cara que decía que cada una había pensado un lugar. Y al comenzar cada una a explicarlo sucedió que las 4 estaban pensando en el mismo lugar.



Es un lugar en el abdomen de él. Una cuevecita en su centro. Es allí donde él se había refugiado a pasar su invierno, esperando que llegase la primavera y poder volver a salir a mirar el sol.



Cómo hacemos para pedirle que nos acoja?



La piel del volante del Mercedes dijo: yo sé cómo. La piel de la cintura de ella dijo: yo no sé. La copa vacía dijo: a mi siempre me acaricia. La botella de vino dijo: a mi siempre me busca…



Las 4 a la vez decidieron pedirle una cita. Cada una daría su argumento y le pedirían a él que las dejase entrar en ese agujerito en el centro de su abdomen, a pasar unas horas cobijadas en él y con él.



Y esta historia es esa petición de una cita. No conoce nadie aún como acaba. Aunque, recordemos, que lo que sale bien es redondo.



El huequecito de su abdomen, también. . .