477. YA LES DIGO QUE SOY DÉBIL
Gregorio AZCONA MARTÍNEZ | GOIA

Aprovechando que mi amigo estaba echando la siesta su mujer me violó.
Se desnudó de improviso y me tumbó en el suelo arrancándome el pantalón, me la chupó como una profesional, y follamos con ardor y sudor hasta la satisfacción animal. Con los inquietantes ronquidos del amigo como música de fondo y el temor morboso de ser sorprendidos in fraganti.
-Dile que no he podido esperar porque me ha surgido una urgencia -le dije.
-De acuerdo.
Me besó en la boca.
-Hasta la próxima, encanto.
¿Por qué a mí, con mi pinta desgalichada?
No daba crédito.
Al día siguiente tenía examen de derecho penal.
Suspendí.
No me gustaba el derecho ni llevar corbata.
Pero mi viejo fue convincente.
-Te financio la carrera de derecho y, si no te gusta, te buscas la vida.
Yo era débil.
Follábamos todos los lunes. Era insaciable y agotadora, pero irresistible.
Sí, ya les digo que soy débil, y traidor a mi amigo.
Un día me preguntó:
-¿A ti también te folla mi mujer?
-¿Cómo?
-Sé que se tira a todos mis amigos. Es una ninfómana compulsiva.
-A mí no me ha follado -mentí-. Ya ves que no soy un Adonis.
-Mi mujer no discrimina por las apariencias. Le basta un tío con polla.
-Pues conmigo ha hecho una excepción. Debo de ser un antídoto contra la lujuria.
-No lo puede evitar. Como la fábula de la rana y el escorpión. No la culpo. Pero soy un cornudo de chiste. Me voy a divorciar.
Se divorciaron de mutuo acuerdo.
-Te comprendo, querido, y siempre me tendrás a tu disposición -le dijo su ex, mientras le follaba en el suelo de la cocina después de brindar con vermut.
La ex se mudó a la capital. Me quedó el recuerdo de su espléndido cuerpo de puta cara.
Me licencié en derecho.
Mi amigo, a su vez, en historia.
¿Qué iba a hacer con mi título de derecho?
No podía establecerme como abogado, porque no tenía relaciones ni experiencia.
No me quedó otra que preparar oposiciones a la Administración.
Aprobé por chiripa la oposición de secretario de ayuntamiento.
Mi amigo aprobó las oposiciones de profesor de instituto.
Lo celebramos con champán francés y grandes esperanzas.
Era nuestra condena bíblica al trabajo, pero nosotros éramos unos ingenuos.
Llegó el tiempo de la pérdida de la inocencia.
Mi amigo padeció la falta de respeto al profesorado. Se casó con una compañera no agraciada del instituto, quien por fortuna, no le exigía el débito conyugal. Se aficionó a la ginebra y a las bajas por estrés.
A mí me destinaron como secretario a un pueblo de la España vaciada. Sin mujeres jóvenes, y con un aburrimiento cósmico. Recordé cuando, aprovechando que mi amigo estaba echando la siesta, su mujer me violó. Me crucé casualmente con ella en una calle estrecha, le cedi el paso, y no me reconoció.