1352. YO A TU EDAD FUI UN NIÑO-VIEJO
Alberto Pérez Miranda | Alberto PeMi

Mi drama nació conmigo hace 41 años, 9 meses, 23 días, 22 horas y 13 minutos aproximadamente. “Ha tenido usted un jubilado” dijo la doctora mientras yo, arrugado y sin dientes pronunciaba mis primeras palabras: “Trae que corto yo el cordón. No sé qué os enseñan últimamente en la facultad”. Había nacido lo que se conoce como niño-viejo.
Mi infancia creciendo como un niño-viejo fue complicada. Mi relación con la gente mayor, los auténticos viejos, era irritante. No solo tuve que aguantar la humillación de empezar a ir sin pañales mientras que mi abuela Dominica podía seguir cagándose encima, sino que además tenía que ver como se le iban cayendo los dientes y no le volvían a salir. ¡Qué envidia lavarse los dientes dejándolos en un vaso! Los viejos de verdad siempre me despertaron rencor y admiración al mismo tiempo.
En cuanto al resto de los niños, no se divertían jugando conmigo. Un niño-viejo se lo toma todo muy en serio.
– Aquí tiene, caviar de piedras sobre cama de hierbajos verdes con acompañamiento de arena de parque húmeda.
– ‘Umm’, que rico. – Comenta Jonatan haciendo ver que comía mientras exageraba su satisfacción.
Nunca entendí por qué todos los niños sobreactuaban jugando. Eso me ponía nervioso.
– Que rico no, Jonatan, que has hecho así: ‘umm’, y no has comido. No llevo yo toda la mañana cocinando para nada.
Después de jugar a las cocinitas, hubo que jugar a los médicos para hacerle una limpieza de estómago a Jonatan.
Entre mis juegos favoritos estaba el LEGO. Tenía una caja con 790 ladrillos de colores y disfrutaba viendo a mis primos como construían una ciudad multicolor en el suelo del salón de mi casa: “ponle más piezas a eso que se va a caer”, “ya no se construyen LEGOs como los de antes”, “esto antes era todo alfombra”.
Cuando tenía 7 años, 3 meses, 2 días, 21 horas y 2 minutos aproximadamente, mi vecina Celeste me preguntó si quería jugar a papás y mamás. A mí me dio tanta vergüenza admitir que todavía no era fértil que le dije que no y me fui corriendo a ver la tele. De pequeño me encantaba ver la tele y aunque en el cole triunfaba Oliver y Benji, yo veía Saber Vivir. Nunca supe jugar al fútbol, pero identificaba perfectamente tres tipos de cáncer de piel y tenía claros los síntomas de un ictus.
A medida que iba abandonando la niñez, el viejo de mi interior se iba sintiendo cada vez más cómodo, como sabiendo que ya falta menos para vivir una vejez auténtica, sin prejuicios, sin miedo a las burlas por bailar pasodobles en las fiestas del pueblo.
Siempre pensé que hacerse viejo significaba tener hijos, luego tener nietos y después tener pérdidas de orina. Pues bien, hoy soy un poco más viejo. Hoy ha nacido mi hija Cloe, – yo a tu edad fui un niño-viejo –, le susurré al oído. Hoy necesito saltar, cantar, jugar con ella. Hoy ha nacido un viejo-niño.