1071. YO Y MIS COMPLEJOS
Estrella Gayo Trabada | Llitadusta

Nunca he conseguido entender por qué las mujeres somos tan inseguras con nuestro físico. Siempre procuramos utilizar ropa que nos disimule nuestros defectos y, en cambio, a los hombres les da todo igual. Van tan tranquilos con sus pantalones cortos, como si en lugar de piernas tuvieran columnas, aunque en realidad tengan patitas de pollo. No se cortan un pelo en marcar paquete, aunque sea del tamaño de un cacahuete. ¡Uy! Me ha salido un pareado.
Lo cierto es que hacen bien en aceptarse tal cual. Por mi parte, he conseguido convivir con mis complejos e, incluso, reírme de ellos. Soy una mujer madura, de constitución mediana tirando a grande, pero, sobre todo, lo que tengo grande, son las manos. Cuando era joven una amiga se fijó en ello y me dijo “oye, tienes las manos muy grandes; pues que sepas que ahora se llevan pequeñas”. ¡os lo podéis creer! Juro que me quedé perpleja y no supe qué responder.
Tampoco me siento satisfecha con mi pelo, que en lugar de pelo tengo vedijas. Claro que eso ha supuesto que nunca nadie me dijera “eres más guapa por detrás que por delante” como le dijeron una vez a una amiga que tenía un pelazo…
Pero de todas las cosas que no me gustan de mí, lo que más me ha acomplejado siempre, o al menos eso creía, es mi barriga. Siempre he sido barriguda y con el culo plano y, cada vez que me miro al espejo de perfil, tengo la sensación de que me han dado la vuelta. Creedme cuando os digo que los pantalones me sientan mejor con lo de delante atrás. Si consigo aprender a girar la cabeza 180⁰ problema resuelto.
Hace unos días, una amiga me envió un video sobre algunas costumbres de los chinos que disparó mi imaginación y me provocó un sueño. Vivo en un pueblo de la sierra de Madrid y, junto con unos amigos, estaba pasando el rato en la plaza del pueblo. De repente, no sé cómo ni por qué aparecieron de la nada un montón de chinos que suponían una amenaza para nosotros; no me preguntéis porqué, era un sueño, no tengo todos los detalles. Yo, con el ingenio que me caracteriza, pensé que era una buena idea hacernos pasar por chinos para poder salir de allí sin contratiempos. Como llevábamos mascarillas convencí a mis compañeros de que, como solo se nos veían los ojos, no se darían cuenta de que no éramos chinos y podríamos salir de allí. Con el plan bien pergeñado, nos subimos al coche para marcharnos y, oye, que el plan parecía que funcionaba porque nadie puso ninguna pega. Al llegar a la altura de los chinos, debíamos sacar la mano por la ventanilla y chocarla con ellos. ¡Horror! ¡El mundo se me vino encima con todo su peso! ¡Cómo diablos iba a conseguir pasar por china con mis manos descomunales! ¡Ufff! ¡Menos mal que me desperté!
¡Qué traicionera es la mente! Al menos, la mía.