Yo, yo misma y las patatas
Sara Choya Martínez | Butter

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El fin de semana ha durado aproximadamente medio segundo y el lunes se ha alargado demasiado. Acabo de salir del trabajo y solo me apetece ir a casa y pasarme tres horas y media viendo alguna serie a la que me pueda unir con encefalograma plano y el móvil en la mano. El sofá me llama y solo quedan unas paradas de metro para llegar hasta él.

Pero no, los vídeos de TikTok sobre cómo conseguir una vida feliz y saludable me han dicho que tengo que hacer planes y que debería tener citas conmigo misma. Bien, vale. Suena absurdo y es algo que nunca en mi vida me hubiese planteado, especialmente si no viviese en una ciudad como esta. Pero Madrid es diferente, en Madrid puedes hacer lo que te dé la gana, hasta el punto de tener una cita contigo misma, y a nadie le va a importar. Y si el algoritmo de esa red social a la que llevo viciada meses me ha dicho en varias ocasiones que eso es lo que debo hacer ¿quién soy yo para negárselo?

Vale, me bajo en la siguiente parada entonces. ¿A dónde va una cuando quiere tener una cita consigo misma? ¿me llevo a dar un paseo por el parque? ¿me llevo a comprarme unas flores? Me pregunto si los que están saliendo del metro conmigo también van de camino a una cita. Quizás sea una cita con su pareja, o quizás con el dentista, quizás incluso alguno de ellos vaya a tener una primera cita unipersonal, como yo. Subo las escaleras y cruzo la calle. Voy observando los rótulos de los comercios a un lado y a otro, esperando una señal que me diga lo que debo hacer. Empieza a chispear y no llevo paraguas, así que opto por meterme en el siguiente local.

-Mesa para uno, por favor- internamente me muero de la vergüenza, pero pongo mi mejor cara al decirlo.

Mientras vienen a atenderme echo un vistazo al móvil y voy saltando de foto en foto, aparentando interés por lo que se muestra en la pantalla.

-Una ración de patatas fritas, gracias- me oigo decir, sin pensármelo mucho.

En el corto periodo de tiempo que tardan en traerme la comanda, me toco el pelo, los dedos, las pulseras, miro hacia un lado y a otro, por si alguien está analizando por qué estoy aquí sola sentada un lunes por la tarde.

Por fin llega el plato y, con la mano (porque es la única forma aceptable de comer patatas fritas), cojo una y me la llevo a la boca. Está caliente y salada y tiene un toque picante. La perfección. Sonrío y me olvido del lunes, de los nervios, de la vergüenza.

Resulta que los vídeos tenían razón.