ZAPATILLAS BLANCAS
ANTONIO LLERAS SANCHEZ | CARONTE

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El ejército naranja de farolas que acababan de encenderse parecía desfilar detrás de la ventana del autobús, pero él estaba más pendiente de mirarse reflejado en el cristal: el corte informal de pelo que le acababan de hacer iba a juego con su barba castaña a medio arreglar. Por los altavoces, una voz sin vida anunciaba la siguiente parada: la suya.

Con cuidado de no meter en ningún charco las zapatillas blancas que estrenaba, y que tantos meses le había costado sacar de la caja, corrió hacia el único puesto que aún no había cerrado. La misma gitana de la última vez. «Gracias, guapo. Dios te bendiga», le dijo al guardarse en el bolsillo de la falda las vueltas y girarse para poner en remojo las últimas flores por recoger.

Las margaritas tenían el mismo tono de blanco que las zapatillas nuevas, tan cómodas en mitad de ese desierto urbano. Incluso le hacían sentirse más seguro, como si hubieran acumulado cierta magia bajo esos jirones abandonados de papel de regalo. A diferencia de otras veces, los árboles desnudos que flanqueaban la avenida principal tras la verja negra no le inquietaban. Tampoco lo hacían las esculturas, que parecían condenarlo desde ambos lados, como si supieran lo que iba a contar.

Sus propias pisadas sobre las hojas que tapaban los adoquines parecían competir con sus latidos, cada vez más potentes.

Le contaría que, por fin, una orquídea había sobrevivido más de seis semanas en el salón; que Aurora, la del quinto, le seguía bajando todas las semanas un bizcocho de naranja; que en el banco le habían ofrecido el puesto de Manu, que se había marchado. Le hablaría del último giro al manuscrito que seguía sin terminar porque no encontraba fuerzas; de lo mucho que le hubiera gustado la última novela de Ray Loriga; o del galgo color canela que iba a adoptar en una protectora, para llenar un poco más el piso.

Pero, por más vueltas que le daba, no sabía cómo decirle que se había animado, por fin, a estrenar el último regalo que ella le había hecho: esas Converse blancas.

Igual no se daba cuenta.

Igual no podía verle.

Igual tan solo podía oírle.

Igual.

Le llevó un buen rato romper ese silencio edulcorado con los vaivenes de las ramas huérfanas de los árboles, pero al dejar las margaritas blancas sobre el mármol frío, las palabras comenzaron a brotarle a la misma velocidad que se le nublaba la vista.

Sí, ya sabía que no tenía que pedirle permiso alguno. Sabía que incluso ella se alegraría. Pero no podía dejar de sentir que la iba a traicionar. Por mucho que se lo anticipara ahora: en un rato, se vería en un bar de Ventas con Claudia, una chica pelirroja que había conocido en la biblioteca frente al banco y que, cada lunes, le recomendaba novelas.

Iba a ser su primer encuentro fuera de la biblioteca.

Y estaba convencido de que a ella le hubiera caído muy bien.