ZAPATOS DE CHAROL
ELENA GONZÁLEZ | SENSINI

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ZAPATOS DE CHAROL

Debería haber elegido unos tacones más bajos y una falda menos apretada, pero Rulfo se ha desviado, se ha parado frente a ese escaparate.

El paso del tiempo no ha hecho ninguna excepción en ella. Ha llevado abajo lo que antes estaba arriba, ha vuelto gelatinoso lo que antes era firme. Los embarazos, las cesáreas, la operación de vesícula. Su cuerpo es un mapa de pliegues y cicatrices.

Sus hijos le han regalado un teléfono con pantalla táctil y conexión a internet. A la hora de la siesta, se tumba en la cama. Repasa mensajes, fotos de los nietos, montajes de la Virgen de Fátima.



Rulfo detesta a Teodoro. Cada vez que cruzan la esquina, el samoyedo del frutero se lanza sobre su trasero como un sátiro. Esa noche, mientras en el salón ruge la final de fútbol, ella teclea en el navegador. “A-n-i-m-a-l-e-s E-x-c-i-t-a-d-o-s” Ante sus ojos, una lista. “Masturbación de perros: todo lo que debes saber”, “¿Copulan los animales por placer?” Imágenes. Toros cubriendo a vacas, un perro forzando a un peluche, un caballo montando a un municipal. Ella contiene una risa infantil. Él festeja el penalti de la victoria.

De vez en cuando, en alguna fecha no especialmente señalada, emerge de su dormitorio algún gemido, una especie de carraspeo asmático con final precipitado. Esa noche, ella siente una inquietud nueva y, por primera vez, desliza su mano hacia el pijama de felpa. Sin embargo, el órgano empujador ronca y balbucea algo sobre un fuera de juego.



Descubre la navegación privada, un mundo de carne y fluidos. Se recrea. Rulfo guarda su secreto. En la cola del supermercado, por debajo de la mesa ella se muestra impaciente. Empieza a usar un idioma que le pone nervioso. Él lleva cincuenta años siguiendo la línea recta y ahora ella quiere curvas, sobresaltos.



En la antigüedad, una línea marcaba los confines del mundo. Abismos donde el sol se precipitaba, donde yacían las naves de los temerarios, donde habitaban monstruos. En la soledad de los ronquidos, ella cruza, avanza a paso corto, sin mirar abajo, desoyendo las prudencias del tiempo. Navega lejos.



Debería haber elegido unos tacones más bajos y una falda menos apretada. Los pies le palpitan al compás de su taquicardia. Coloca una barra de pan sobre la mesa. Debajo, Rulfo dormita.

Una mujer atraviesa la puerta del restaurante. Mira entre la multitud como quien otea en busca de una costa amiga. También ella ha metido sus cicatrices y sus pliegues en una falda demasiado estrecha y en unos zapatos de charol. Lleva una barra de pan bajo el brazo. Se reconocen. Sienten un sobresalto semejante al del viejo Teodoro. Rulfo golpetea la silla con el rabo. Él les guardará el secreto.

SENSINI.